Enviat per: João França | 7 Octubre 2008

Aristocracia

¿No entiendes el arte contemporáneo? Hoy he empezado a leer a Ortega y Gasset. Me he encontrado lo siguiente:

Composición VII, de Wassily Kandinsky

Composición VII, de Wassily Kandinsky

Entre las muchas ideas geniales, aunque mal desarrolladas, del genial francés Guyau, hay que contar su intento de estudiar el arte desde el punto de vista sociológico. Al pronto le ocurriría a uno pensar que parejo tema es estéril. Tomar el arte por el lado de sus efectos sociales se parece mucho a tomar el rábano por las hojas o a estudiar el hombre por su sombra. Los efectos sociales del arte son, a primera vista, cosa tan extrínseca, tan remota de la esencia estética, que no se ve bien cómo, partiendo de ellos, se puede penetrar en la intimidad de los estilos. Guyau, ciertamente, no extrajo de su genial intento el mejor jugo. La brevedad de su vida y aquella su trágica prisa hacia la muerte impidieron que serenase sus aspiraciones, y, dejando a un lado todo lo que es obvio y primerizo, pudiese insistir en lo más sustancial y recóndito. Puede decirse que su libro El arte desde el punto de vista sociológico sólo existe el título; el resto está aún por escribir.

La fecundidad de una sociología del arte me fue revelada inesperadamente cuando, hace unos años, se me ocurrió un día escribir algo sobra la nueva época musical que empieza con Debussy. Yo me proponía definir con la mayor claridad posible la diferencia de estilo entre la nueva música y la tradicional. El problema era rigurosamente estético, y, sin embargo, me encontré con que el camino más corto hacia él partía de un fenómeno sociológico: la impopularidad de la nueva música.

Hoy quisiera hablar más en general y referirme a todas las artes que aún tienen en Europa algún vigor; por tanto, junto a la música nueva, la nueva pintura, la nueva poesía, el nuevo teatro. Es, en verdad, sorprendente y misteriosa la compacta solidaridad consigo misma que cada época histórica mantiene en todas sus manifestaciones. Una inspiración idéntica, un mismo estilo biológico pulsa en las artes más diversas. Sin darse de ello cuenta, el músico joven aspira a realizar con sonidos exactamente los mismos valores estéticos que el pintor, el poeta y el dramaturgo, sus contemporáneos. Y esta identidad de sentido artístico había de rendir, por fuerza, idéntica consecuencia sociológica. En efecto, a la impopularidad de la nueva música responde una impopularidad de igual cariz en las demás musas. Todo el arte joven es impopular, y no por caso y accidente, sino en virtud de su destino esencial.

Se dirás que todo estilo recién llegado sufre una etapa de lazareto y se recordará la batalla de Hernani y los demás combates acaecidos en el advenimiento del romanticismo. Sin embargo, la impopularidad del arte nuevo es de muy distinta fisonomía. Conviene distinguir entre lo que no es popular y lo que es impopular. El estilo que innova tarda algún tiempo en conquistar la popularidad; no es popular, pero tampoco impopular. El ejemplo de la irrupción romántica que suele aducirse fue, como fenómeno sociológico, perfectamente inverso del que ahora ofrece el arte. El romanticismo conquistó muy pronto al “pueblo”, para el cual el viejo arte clásico no había sido nunca cosa entrañable. El enemigo con quien el romanticismo tuvo que pelear fue precisamente una minoría selecta que se había quedado anquilosada en las formas arcaicas del “antiguo régimen” poético. Las obras románticas son las primeras —desde la invención de la imprenta— que han gozado de grandes tiradas. El romanticismo ha sido por excelencia el estilo popular. Primogénito de la democracia, fue tratado con el mayor mimo por la masa.

En cambio, el arte nuevo tiene la masa en contra suya y la tendrá siempre. Es impopular por esencia; más aún, es antipopular. Una obra cualquiera por él engendrada produce en el público automáticamente un curioso efecto sociológico. Lo divide en dos porciones: una, mínima, formada por reducido número de personas que le son favorables; otra, mayoritaria, innumerable, que le es hostil. (Dejemos a un lado la fauna equívoca de los snobs). Actúa, pues, la obra de arte como un poder social que crea dos grupos antagónicos, que separa y selecciona en el montón informe de la muchedumbre dos castas diferentes de hombres.

¿Cuál es el principio diferenciador de estas dos castas? Toda obra de arte suscita divergencia: a unos les gusta, a otros no; a unos les gusta menos, a otros más. Esta disociación no tiene carácter orgánico, no obedece a un principio. El azar de nuestra índole individual nos colocará entre los unos y entre los otros. Pero en el caso del arte nuevo la disyunción se produce en un plano más profundo de aquel en que se mueven las variedades del gusto individual. No se trata de que a la mayoría del público no les guste la obra joven y a la minoría sí. Lo que sucede es que la mayoría, la masa,  no la entiende. Las viejas coletas que asistían a las representaciones de Hernani entenderían muy bien el drama de Victor Hugo y precisamente porque lo entendían no les gustaba. Fieles a determinada sensibilidad estética, sentían repugnancia por los nuevos valores artísticos que el romántico les proponía.

A mi juicio, lo característico del arte nuevo, “desde el punto punto de vista sociológico”, es que divide al público en estas dos clases de hombres: los que lo entienden y los que no lo entienden. Esto implica que los unos poseen un órgano de comprensión negado, por tanto, a los otros; que son dos variedades distintas de la especie humana. El arte nuevo, por lo visto, no es para todo el mundo, como el romántico, sino que va desde luego dirigido a una minoría especialmente dotada. De aquí la irritación que despierta en la masa. Cuando a uno no le gusta una obra de arte, pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar a la irritación. Mas cuando el disgusto que la obra causa nace de que no se la ha entendido, queda el hombre como humillado, con una oscura conciencia de su inferioridad que necesita compensar mediante la indignada afirmación de sí mismo frente a la obra. El arte joven, con sólo presentarse, obliga al buen burgués a sentirse tal y como es: buen burgués, ente incapaz de sacramentos artísticos, ciego y sordo a toda belleza pura. Ahora bien, esto no puede hacerse impunemente después de cien años de halago omnímodo a la masa y apoteosis del “pueblo”. Habituada a predominar en todo, la masa se siente ofendida en sus “derechos del hombre” por el arte nuevo, que es un arte de privilegio, de nobleza y de nervios, de aristocracia instintiva. Dondequiera que las jóvenes musas se presentan, la masa las cocea.

Durante siglo y medio el “pueblo”, la masa, ha pretendido ser toda la sociedad. La música de Strawinsky o el drama de Pirandello tienen la eficacia sociológica de obligarle a reconocerse como lo que es, como “sólo pueblo”, mero ingrediente, entre otros, de la estructura social, inerte materia del proceso histórico, factor secundario del cosmos espiritual. Por otra parte, el arte joven contribuye también a que los “mejores” se conozcan y reconozcan entre el gris de la muchedumbre y aprendan su misión, que consiste en ser pocos y tener que combatir contra los muchos.

Se acerca el tiempo en que la sociedad, desde la política al arte, volverá a organizarse, según es debido, en dos órdenes o rangos: el de los hombres egregios y el de los hombres vulgares. Todo el malestar de Europa vendrá a desembocar y curarse en esta nueva y salvadora escisión. La unidad indiferenciada, caótica, informe, sin arquitectura anatómica, sin disciplina regente en que se ha vivido por espacio de ciento cincuenta años no puede continuar. Bajo toda la vida contemporánea late una injusticia profunda e irritante: el falso supuesto de la igualdad real entre los hombres. Cada paso que damos entre ellos nos muestra tan evidentemente lo contrario que cada paso es un tropezón doloroso.

Si la cuestión se plantea en política, las pasiones suscitadas son tales que acaso no es aún buena hora para hacerse entender. Afortunadamente, la solidaridad del espíritu histórico a que antes aludía permite subrayar con toda claridad, serenamente, en el arte germinal de nuestra época los mismos síntomas y anuncios de reforma moral que en la política se presentan oscurecidos por las bajas pasiones.

Decía el evangelista: Nolite fieri sicut equus te mulus quibus non est intellectus. No seáis como el caballo y el mulo, que carecen de entendimiento. La masa cocea y no entiende. Intentemos nosotros hacer lo inverso. Extraigamos del arte joven su principio esencial y entonces veremos en qué profundo sentido es impopular.

Impopularidad del arte nuevo, en La deshumanización del arte, por José Ortega y Gasset.

Llegados a este punto lo primero es agradecer la paciencia de los lectores.

Desde la tradición platónica el arte se dedica a imitar la realidad, de alguna manera o otra. En la época de la que habla Ortega y Gasset el arte, con Kandisky, rompe con la realidad. A partir de ese momento el arte existe por sí mismo, independiente de ninguna referencia a una realidad externa, solo existen los elementos propiamente artísticos.

Leído el texto se plantean algunas reflexiones:

  • ¿Es correcto una arte elitista? ¿Se debe cambiar el arte? ¿Instruir las masas? ¿Mantener y reforzar la división? ¿Puede estar el arte al alcance de todos?
  • ¿Nos acerca este nuevo arte a una sociedad autoritaria y/o platónica? ¿Qué comporta eso?
  • ¿Sigue siendo válido lo que plantea Ortega en 1925?

Ahora os toca a vosotros… Espero interesantísimos comentarios.


Responses

  1. És correcta que l’art sigui elitista? Jo crec que sí, sempre i quan estigui reflectint la veritat de l’autor, es a dir si la visió de l’autor es elitista i l’obra també em semblarà molt lògic, no crec en un judici de valors al respecte, en l’art mai. Pensem que inclús cap la possibilitat que en si sigui una critica a l’elitisme, tot i que en aquest cas caus en el parany de tornar a fer una obra elitista; com Ortega que des l’ intel•lectualitat li diu al poble que no està capacitat per entendre’l que li faci cas.

    Però és correcta o no l’art elitista? Com ja he dit abans no crec en judicis de valor al respecte, al cap i a la fi l’art és mercat i si la gent compra és bo lo demès no importa. En tot cas és interessant que la llibertat de l’art es vinculi a la llibertat del mercat. Visca l’anarquia no?

    Proposar-se canviar l’art és com plantejar-te si esmorza o no abans de pujar la pica d’estats. I en cas de canviar l’art buscant de canviar-lo seria com pujar-hi amb telefèric.

    Sobre la qüestió plantejada en el segon punt, no se si es refereix a societat platònica definida en el diàleg de la República del mateix Plató o no; en cas afirmatiu necessitaria una matisació pel que fa la diferenciació entre ambdós models.

  2. No crec en l’art com a doctrina ni com a model a seguir i ni molt menys crec en un art adreçat al públic.

    Deia una cançó e Mago de Oz: “el que quiera entender que entienda”.

    L’art que jo considero art és aquell que ha estat necessari per l’autor o l’ha ajudat a alliberar el que tenia a dins, a reflexionar, a divertir-se i a compartir. Però l’art que ha estat fet per a sentir-se dins d’una doctrina o moviment per superficialitats vàries se’l poden ficar tots pel cul. Fills de puta són els músics que tenen a tres mil fans per metre quadrat i l’únic que guanyen és una fama que esvairà quan no surtin més a la super top o no vulguin seguir fent música de merda. El mateix els hi dic a mil pintors i artistes que fan art exclusivament per ensenyar-lo. Us arruïneu la vida, colla d’imbècils, que no sentiu res més que afany de públic quan acabeu les vostres obres. Desgraciats.

    Crec que l’art es fa per necessitat, i que si algú en vol captar tots els valors el captarà, encara que l’hi hagin d’explicar el codi. Qui vulgui entendre un filòsof l’estudiarà, però el pintor que fa coses rares no ha d’adoctrinar ningú, sinó que el públic ha de voler entendre’l i aprendre’n. Qui vulgui entendre que entengui. Si hi ha gent que creu que no li serveix de res l’art i no la vol entendre, mala sort, però ni hi veig la injustícia. La gent no neix capacitadíssima o indiscapacitadíssima, en general.

    Per a mi l’art pura està feta per i a un mateix. Si l’art que fas t’ha ajudat a tu mateix, per mi aquesta és art vertadera, i contindrà part de tu, que és el que li interessa de debò a la gent. Si no tens res a dir no diguis res, repeteixo que fer art per fer-la pública em sembla estúpid, i depriment el fet de tenir un públic que t’alava.

    No nego que els estils i tècniques formin part de la cultura i que per tant hi hagi influència quasi sense voler-ho, però les inquietuds de cada individu són diferents i per tant l’art no ha de ser sempre la mateixa, ho diu el senyor modus ponens.

    “Oh, si clar, cony, és que volem fer calers” em dirien. Doncs que els facin, a mi en realitat m’importa una merda, però em sap greu que uns es destrossin la vida fent-se els savis i els altres fent-se els snobs. La vida intel•lectual i emocional és important. O almenys és un postulat més dels que tinc pel calaix tirats, potser ja no té piles.

  3. […] ver que os parecen… Aceptamos insultos. Y recuerdo que por aquí ya hemos hablado del arte contemporáneo, aún que a lo mejor no sea exactamente […]


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